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Sirve esta entrada para escenificar la vuelta a mi blog, con más años, nuevos saberes e inquietudes, y con ganas de seguir compartiendo. Escribamos pues, con la libertad de sentir esta casa como la mía, esperando que quienes quieran acompañarme se sientan cómodos en ella.
El título de esta entrada es a la vez el de un libro del célebre antropólogo Mircea Eliade. En él se describe la curiosa historia de un saber arcano, milenario y telúrico, ya que nos propone que la alquimia surgió, como los minerales que encarnan sus simbólicas operaciones, de las entrañas de la tierra.
Sí, fueron los primeros mineros y herreros enfrentados a ciertos materiales con características portentosas los que concibieron que estos (los metales), tenían diferentes grados de perfección, que con el tiempo todo llega y que la dirección de avance del cosmos no podía ser otra que hacia el bien, la belleza y lo puro. No parece mala propuesta.
Así, los metales toscos, pesados e impuros, con el tiempo suficiente acaban derivando de manera natural en la forma mineral más pura, el oro, evolucionando en las entrañas de la tierra como si de una matriz viva se tratase.
En este punto nuestros antepasados sospecharon que este proceso podía acelerarse gracias a la intervención humana ¿acaso no eran capaces de fabricar nuevas aleaciones o de sacar el más puro de los metales de una escoria que apenas mostraba resquicio del mismo?
Replicando la magia natural de creación y destrucción, mezcla, curación y purificación, podía transitarse un fatigoso camino que, finalmente, llevaría a la obtención del oro. Reflejo solar en la tierra, metal de los dioses. El ser humano comprendía el poder que se le había otorgado sobre el mundo material, un poder destinado a recrear lo ya creado, contribuyendo a la labor de la propia naturaleza, a su propia ascensión.
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No debemos perder de vista que la visión tradicional concibe el mundo en varios niveles. A todos los niveles más bien: microcosmos y macrocosmos, como es arriba es abajo, como dentro fuera. Todo es símbolo de algo que lo transciende.
En este caso la translación era evidente; trabajando en nuestro interior podemos conseguir transmutar nuestro azufre/mercurio en oro, la ansiada piedra filosofal. Quemar lo impuro, quitar capas, descubrir ese núcleo perfecto y eterno que refulge dorado dentro de nosotros, la chispa divina cuyo conocimiento nos libera.
Es mediante la observación de la naturaleza que el ser humano ha ido construyendo una concepción cabal de sí mismo, de su papel en un cosmos que, desde el punto de vista tradicional, es una única cosa aunque se muestre en multiplicidad, infinitas voces de una misma sinfonía.
Sí, he dicho cabal. Y es que antes de la ilustración en escala temporal, y fuera de occidente en el eje espacial, los conocimientos trascendentes o religiosos han tenido tanta importancia como los técnicos o científicos. De hecho iban de la mano, los primeros daban sentido a estos últimos. Durante milenios el ser humano vivió creyendo y creando, siendo lo primero lo fundamental. Ahora crea mucho más y mucho mejor, pero sin saber en que creer. Voluptuosidad estéril.

Me gusta pensar que la alquimia personal, el perfeccionamiento interior, quemando, transmutando, purificando aquello que no estábamos destinados a ser, que sentimos que no se adapta al papel que hemos venido a desempeñar, es una buena forma de contribuir al cosmos, de mejorarlo. De hacer que nuestra canción deje un bonito eco reverberando más allá de las estrellas.
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